Debat sobre immersió lingüística a El Viejo Topo (1)

En el número de desembre d’El Viejo Topo Antonio Santamaría va publicar “La inmersión lingüística y la izquierda abducida”, article que em va portar a escriure una rèplica per al següent número de la revista. A continuació reprodueixo ambdós articles, amb el permís dels editors, per tal de poder seguir la discussió. Es tracta, però, d’una primera part d’aquest debat entre Santamaria i jo mateix, ja que ell ha publicat encara una rèplica en el número actual de la revista.

La inmersión lingüística y la izquierda abducida

por Antonio Santamaría

La enmienda a Ley Celaá, que elimina la referencia al castellano como lengua vehicular en la enseñanza, ha reabierto la polémica sobre la inmersión lingüística en Cataluña. En no pocas ocasiones, las pretensiones homogeneizadoras del nacionalismo se ocultan tras la defensa de la diversidad lingüística.

La reforma de la LOMCE, conocida como Ley Celaá, y en particular la enmienda que elimina el castellano como lengua vehicular en la enseñanza, ha vuelto a reabrir la polémica sobre la inmersión lingüística. Desde 1992, fecha de la aprobación de los decretos de inmersión, esta cuestión se replantea de modo recurrente, lo cual es un indicador de que se trata de un tema no resuelto.

En primer lugar, en la tramitación de la enmienda, se observa un hilo de continuidad de los gobiernos centrales respecto a la política lingüística en Catalunya: a cambio de un apoyo táctico se realizan concesiones estratégicas al nacionalismo catalán. Esto ya se comprobó durante el primer gobierno de José María Aznar, cuando se paralizó la recusación a cargo del Defensor del Pueblo de la Ley de Política Lingüística (1999) para no comprometer el apoyo de CiU a su precaria mayoría parlamentaria. Ahora, ERC ha aprovechado que el gobierno de coalición se encuentra necesitado de apoyos con los que aprobar los Presupuestos Generales del Estado para negociar una enmienda que ha sido correctamente interpretada como un blindaje a la inmersión lingüística.

La inmersión lingüística responde no tanto a una cuestión estrictamente pedagógica, para garantizar el conocimiento de lengua catalana entre los alumnos de idioma materno castellano, sino a un planteamiento ideológico de carácter netamente nacionalista. El objetivo implícito de esta legislación es impulsar la denominada “sustitución lingüística”; es decir, que los alumnos castellanohablantes abandonen su lengua materna por el catalán. Esto resulta del todo coherente con la lógica de la “(re)construcción nacional”, según la cual en la nación catalana solo debería existir una lengua oficial y de uso público, mientras que el castellano debería relegarse a la esfera privada.

Este fue el sentido del Manifiesto Koiné (2016), que pretendía establecer el estatus de única lengua oficial del catalán en la hipotética república independiente. De hecho, no resulta casual que las tres últimas conselleras de Cultura de la Generalitat, Laura Borràs, Mariàngels Villalonga y Àngels Ponsa hayan sido firmantes de dicho manifiesto. Villalonga se destacó durante su mandato por criticar que se hablara demasiado castellano en TV3 y en el Parlament de Catalunya. Ponsa se estrenó en el cargo manifestando que el castellano debía reservarse a los espacios privados y que solo el catalán debía ser de uso público.

Dogmática lingüística

En torno a la inmersión se ha generado un cuerpo doctrinal de carácter dogmático que se contradice con la realidad sociolingüística del país. De este modo, se afirma que la inmersión es un modelo de éxito, cuando las tasas de fracaso escolar en Catalunya son de las más elevadas de Europa y afectan particularmente a los alumnos procedentes de los barrios obreros de la periferia de lengua castellana.

Ciertamente, la lengua no es el único factor para explicar este fenómeno ni quizás el más importante, pues responde sobre todo a la clase social. Sin embargo, la circunstancia de no poder estudiar en su lengua materna añade una dificultad suplementaria a unos escolares que, dado el bajo nivel cultural de sus familias, ya tendrían problemas para seguir la enseñanza en castellano. Aquí se revela el carácter instrumental de las justificaciones de la política lingüística del nacionalismo catalán. Durante la dictadura franquista, cuando toda la enseñanza se impartía en castellano, se argüía –con razón– que este monolingüismo vulneraba los derechos de los niños catalanohablantes a ser enseñados en su lengua materna. Ahora este argumento se ha desechado completamente, pues si se aplicase a los escolares castellanohablantes impugnaría los presupuestos ideológicos sobre los que se fundamenta la inmersión. Todo ello en aras del imperativo de la homogenización cultural y lingüística propia de los nacionalismos identitarios.

Otro mantra de los defensores de la inmersión radica en que este método favorece la “cohesión social” al impedir la separación de los alumnos en función de su lengua vehicular. Un argumento capcioso, pues la inmersión lingüística produce el efecto contrario; es decir, genera cantidades ingentes de segregación. De este modo se expulsa de las aulas el idioma de los alumnos de lengua castellana, lo cual desde el punto de vista pedagógico es especialmente grave en los primeros años de escolarización. A esto se añade un marcado sesgo nacionalista, no tanto en el temario docente en el sentido estricto, sino en el conjunto del entorno escolar que tiende a romper con los vínculos históricos y afectivos con el resto de España.

El tercer puntal de las tesis de los defensores de la inmersión radica en la denominada “igualdad de oportunidades”. Se postula que la inmersión es el único método que garantiza el correcto aprendizaje de la lengua catalana, lo cual resulta una afirmación infundada. Existen muchas maneras de aprender un idioma y diversos modelos de enseñanza en territorios donde existen dos o más lenguas vehiculares, como ha mostrado brillantemente Mercè Vilarrubias. De hecho, la inmersión, que excluye el idioma materno de una parte importante de la población, es un caso insólito en Europa.

Ahora bien, en torno a esta cuestión conviene resaltar el carácter clasista de esta argumentación, según la cual, si un alumno de lengua castellana no conoce el catalán, la lengua de las clases dominantes en el país, sería objeto de discriminación y no podría acceder a ciertos puestos de trabajo que estarían reservados a quienes hablan el catalán.

Asimismo, se asegura que existe un amplio consenso social de apoyo a la inmersión, lo cual se contradice con el hecho que C’s, primera fuerza política del Parlament de Catalunya con 1,1 millones de votos, se muestra radicalmente contrario a la misma, cifra a la que se habría de añadir los votantes del PP y una parte importante de los electores del PSC. Colateralmente, se aduce el escaso número de familias que solicitan el 25 por ciento de las clases en castellano como dictaminó el Tribunal Constitucional. Un argumento perverso si se tienen en cuenta los grandes obstáculos y presiones a que deben enfrentarse las familias si quieren ejercer ese derecho y que temen, no sin razón, que sus hijos resulten estigmatizados.

Otro argumento capcioso, éste de naturaleza pedagógica, radica en que con la inmersión todos los alumnos acaban su formación con un nivel de conocimiento del castellano igual o incluso superior al de otras comunidades en las que toda la enseñanza se imparte en este idioma. Una aseveración insultante para la inteligencia, pues no es creíble que sea equiparable el aprendizaje de un idioma en dos situaciones tan distintas: cuando toda la enseñanza se imparte en esa lengua, y cuando solo se le dedican dos horas a la semana.

La izquierda abducida

Resulta, pues, del todo coherente que las formaciones nacionalistas/independentistas defiendan con uñas y dientes este modelo. Ahora bien, causa profundo estupor que desde la izquierda catalana y española se repitan estos mismos argumentos. Así, el profesor de secundaria y diputado catalán de los Comunes, Joan Mena, se ha especializado en la defensa a ultranza de estas tesis, lo cual le ha valido ser frecuentemente solicitado por los medios de comunicación nacionalistas para entonar el discurso de defensa de la inmersión, al que también se han sumado Jéssica Albiach, portavoz del grupo parlamentario de los Comunes y el aragonés Pablo Echenique.

Los portavoces de Podemos y los Comunes, además de repetir los argumentos arriba descritos, acusan al PP, C’s y Vox de atizar el conflicto lingüístico e identitario contra un modelo de “excelencia”. Aquí no solo vuelven a alinearse con las tesis de los nacionalistas, operando como un inestimable factor de legitimación de esta política lingüística, sino que hacen el inmenso favor a la derecha españolista de dejarle el campo libre.

Asimismo, debemos apuntar a la responsabilidad del PSC, superior a la de los Comunes, debido a su mayor peso electoral e implantación en los barrios obreros. Si esto es así es porque, durante largo tiempo, los dirigentes del PSC también se mostraron acérrimos defensores del modelo de inmersión lingüística con los argumentos arriba citados. En el último congreso del partido se aprobó una enmienda, que levantó fuertes críticas en los medios independentistas, para propugnar una flexibilización del modelo de la inmersión, sin llegar a impugnarlo. Sin embargo, desde entonces, no se ha vuelto a percibir que esta sea una cuestión relevante para la política del partido. Ahora, en la polémica de la ley Celaá, han preferido guardar un espeso y ominoso silencio, acaso sabedores del coste electoral de una defensa cerrada de este modelo a tres meses de las elecciones autonómicas. En una línea semejante, ERC planteó una flexibilización de la inmersión, en la lógica de ampliar la base social del independentismo, de la que tampoco se ha vuelto a saber nada.

En efecto, podríamos convenir con el carácter espurio de las críticas a la inmersión planteadas desde la óptica del nacionalismo español, que nunca ha asumido de buen grado la pluralidad lingüística y cultural del Estado y que no ha erradicado totalmente sus pulsiones centralistas. También podríamos estar de acuerdo con que hay una utilización partidista por parte de la derecha españolista de sus críticas a la inmersión. Ahora bien, esto no es óbice para plantear, desde la izquierda, una impugnación de fondo a un modelo lingüístico sectario, nada respetuoso con la pluralidad cultural y lingüística de Catalunya, ni tampoco con los derechos de los escolares de lengua castellana. Esta subordinación de la izquierda catalana a las tesis del nacionalismo lingüístico resulta aún más incomprensible cuando se realizan contra el sentir de sus bases sociales, mayoritariamente procedentes de los barrios obreros de lengua castellana. Una sumisión que les impide disputar la hegemonía ideológica y política al nacionalismo burgués y pequeño-burgués, lo cual resulta un factor fundamental para explicar tanto las reiteradas mayorías de los partidos nacionalistas como el crecimiento de C’s en estos medios sociales.

Ciertamente, el franquismo reprimió con dureza a las culturas y lenguas no castellanas de España. Por ello, las fuerzas democráticas y progresistas defendieron que estos idiomas tuvieran el reconocimiento de la oficialidad y de su uso en todas las instituciones y ámbitos sociales de sus respectivos territorios. Sin embargo, una cosa es defender los derechos democráticos de las nacionalidades y otra bien distinta asumir como propia la ideología nacionalista en materia lingüística. Además, por si esto fuera poco, contribuyen activamente a conferir una pátina progresista a unos objetivos homogeneizadores de naturaleza reaccionaria.

Repliegue identitario

El blindaje de la inmersión se desarrolla sobre un inquietante telón de fondo social. El fracaso de la vía unilateral para acceder a la independencia está generando una enorme frustración entre los sectores más hiperventilados del movimiento secesionista. Un malestar que no se está dirigiendo hacia sus dirigentes políticos, quienes les prometieron acceder a la independencia en 18 meses gozando de un amplio reconocimiento internacional dado el Estado fallido que resultaba ser España. Por el contrario, ese malestar parece orientarse contra la otra mitad de la población del país que no apoya su proyecto secesionista.

De este modo, en una especie de movimiento compensatorio, se está extiendo y adoptando carta de naturaleza un discurso de odio, xenofobia y supremacismo contra España y todos aquellos que en Catalunya se sienten españoles o simplemente hablan en castellano. Para ellos se ha acuñado el calificativo insultante de “ñordo” o se les tacha de colonos. Por solo poner un ejemplo, en el pregón en las fiestas de la Mercè de Barcelona, el payaso Tortell Poltrona tachó de “inadaptados” a los catalanes de lengua castellana sin que desde las filas del independentismo nadie se haya atrevido a contradecirlo. Es más, la alcaldesa Ada Colau lo disculpó como si fuera una muestra de libertad de expresión, lo que supone una enésima demostración de la sumisión de la izquierda catalana a los dogmas del nacionalismo lingüístico, incluso cuando éstos se adentran en el terreno de la xenofobia. Cabe decir que esa sumisión también expresa una particular doble vara de medir, ya que unas manifestaciones en sentido contrario hubieran desencadenado la más enérgica protesta.

El aspecto más ominoso de esta oleada de intolerancia lingüística, sin duda favorecido por los discursos de dirigentes políticos independentistas, radica en la creciente práctica, llevada a cabo por militantes de base del movimiento, de señalar en las redes sociales a aquellos trabajadores que cara al público emplean la lengua castellana. Es el caso de la camarera del Parlament de Catalunya, de quien se exigió que fuera fulminantemente despedida. Aquí, la novedad no radica tanto en el contenido de estas afirmaciones, que tienen una larga historia en el nacionalismo catalán –como por ejemplo en los escritos del expresident Quim Torra– sino en el cambio de valoración de estas manifestaciones. Si anteriormente eran objeto de crítica y rechazo, ahora son consideradas normales y políticamente correctas.

Como demuestran numerosos estudios sociológicos, las clases medias catalonohablantes constituyen el grueso de la base social del independentismo. De este modo, a la xenofobia identitaria se une el odio de clase hacia los trabajadores de lengua castellana, calificados de colonos, por negarse a utilizar la lengua de sus amos y no sumarse al proyecto secesionista.

Ley de Lenguas

Desde el punto de vista pedagógico, la inmersión no ha conseguido su propósito inconfeso de extender la sustitución lingüística. Por el contrario, está provocando reacciones de rechazo entre muchos adolescentes y jóvenes castellanohablantes que, a pesar de poder expresarse en catalán, se niegan a hacerlo en una suerte de afirmación identitaria. Tanto es así que, desde ciertos sectores del nacionalismo lingüístico, se propugna la implementación de la llamada “policía de patio” para vigilar y castigar a los alumnos que fuera de las aulas hablen en castellano.

Desde el punto de vista político, el refuerzo al modelo de la inmersión que supone la aprobada enmienda en la Ley Celaá expresa la ausencia de sentido de Estado de las dos grandes formaciones en este delicado tema, así como su predisposición a realizar concesiones estratégicas a cambio de apoyos tácticos. También pone de manifiesto la sumisión de la izquierda catalana y española respecto a los dogmas del nacionalismo lingüístico donde se confunde la defensa de las lenguas de las nacionalidades con el modelo homogeneizador de los partidos nacionalistas. Así incurren en la flagrante contradicción de propugnar la pluralidad cultural y lingüística en el conjunto del Estado, al tiempo que la niegan en el interior de estas nacionalidades.

Asimismo, la polémica generada en torno a la citada enmienda ha mostrado la implacable pugna entre ERC y Junts per Catalunya por la hegemonía del movimiento independentista. Mientras ERC ha sido la promotora de esta enmienda y ha votado a favor, Junts se ha opuesto, votando en contra, al considerar que no blinda suficientemente el modelo. Pero lo cierto es que Junts no quiere conceder este triunfo a su principal oponente en el campo independentista, siendo que, además, demuestra la utilidad de la vía negociadora de ERC.

Mercè Vilarrubias ha planteado la conveniencia de elaborar una Ley de Lenguas a nivel estatal que contribuya a establecer unos principios justos y ecuánimes para regular la coexistencia entre las cuatro lenguas cooficiales de este país. A nuestro juicio, esta Ley de Lenguas debería compaginar una específica protección al catalán, euskera y gallego, de la cual no precisa el castellano, hablado por centenares de millones de personas, con los derechos a los hablantes de estos cuatro idiomas en todos los ámbitos sociales e institucionales. Una normativa que debería estar presidida por el respeto a la pluralidad cultural, tanto en el conjunto del Estado como en el interior de las nacionalidades.

Lamentablemente, hasta ahora, ha dominado una relación de hostilidad y competencia en los territorios donde se utilizan dos idiomas, según la lógica de que uno debe desplazar al otro. En Catalunya esto ha derivado desde los medios nacionalistas/independentistas en una impugnación del bilingüismo como una alternativa nociva para la supervivencia de la lengua catalana.

Hasta que no se promulgue una legislación que respete estos principios democráticos, la cuestión lingüística continuará generando polémicas y polarizando a la población para beneficio de los nacionalismos español, catalán, gallego y vasco. Un terreno donde la izquierda siempre llevará las de perder.


 

La izquierda confundida y la inmersión lingüística

por Hèctor Xaubet

En el número anterior de esta revista apareció un artículo de Antonio Santamaría cuyo título, “la inmersión lingüística y la izquierda abducida”, ya auguraba controversia. Consideramos que discutir planteamientos, por medio del intercambio honesto de ideas, enriquece nuestras posiciones sobre la lengua y el nacionalismo. Reproducimos aquí la réplica.

La contribución a la cuestión lingüística, realizada por Antonio Santamaría en el número anterior de El Viejo Topo, yerra en sus supuestos: aunque escrito –seguramente– con muy buena intención, su artículo se encuentra rebosante de tópicos, y muy probablemente eso contribuye a que no se sostenga su tesis: que la inmersión lingüística es una pretensión homogeneizadora del nacionalismo y que es un ataque al castellano. En esta réplica pretendemos resaltar las fallas de fondo que consideramos más importantes, así como recontextualizar algunas de las ideas. Todo ello sin pretensión, no obstante, de ser exhaustivos, pues hay muchas cosas que quedarán fuera del escrito.

Situación: la trampa procesista y la tradición de izquierdas

Empieza Santamaría su artículo haciendo una breve explicación política de la situación actual, con algunas referencias al pasado. Observamos algo curioso: para tratar el tema de la lengua, el autor está tratando, en realidad, de los partidos nacionalistas/independentistas.

Con rigor analítico vemos que se trata de una identificación (lengua y partidos nacionalistas y/o independentistas) equívoca, pues cae en el error, que de manera lamentable veo muy frecuentemente en muchos compañeros de izquierdas, de hacer el paralelismo –mejor dicho, aceptar la conclusión– de “lengua igual a independencia”. Evidentemente no es así, y si lo pensamos caemos en la trampa que el procesismo tenía preparada. De manera que, cuando criticamos honestamente los despropósitos de los fanáticos indepes que gobiernan Cataluña desde hace unos años, se traslada esa crítica también a la lengua catalana, lo que es una injusticia y un flaco favor para con la lengua minorizada. La dicotomía política queda así consolidada –quizás a pesar nuestro– en la lengua. Esto facilita que aquellos que no solo están en contra de la independencia, sino directamente también en contra del catalán, tengan las puertas abiertas para colarnos su discurso de segregación lingüística (y, con ello, también social conforme a su proyecto nacionalista).

Santamaría seguramente cae en ese error porque se olvida de algo: quizás sus ansias antinacionalistas le impiden ver que esa identidad falaz (lengua e independencia) no concuerda con la historia de la inmersión lingüística, la cual nos muestra el activo papel que la izquierda catalana –con el PSUC en la cabeza, partido de matriz comunista y en ningún caso nacionalista– jugó en favor de la inmersión lingüística y, por extensión, de la normalización del catalán. En efecto, hay algo cierto que debemos recordar y recuperar: la izquierda catalana es –y ha sido siempre– catalanista, y eso significa construir un proyecto de país abierto e inclusivo que tiene en la lengua catalana un pilar fundamental en tanto que seña de identidad y forma de articular la vida colectiva (como un bien público, podríamos decir). Decir que la izquierda está abducida por querer promover el catalán y normalizarlo, poniendo esto al mismo nivel que un malvado nacionalismo y olvidando nuestras raíces catalanistas, no es de recibo.

La izquierda confundida

No debe negarse, por otro lado, que la inmersión y la situación de la lengua en general ha ganado en interés (e interés interesado, si se me permite el juego de palabras) en el contexto de eso que llamamos “el procés”. Ya hemos visto este sesgo bastante frecuente de ir tachando de nacionalista todo lo que no nos gusta, quizás sin darnos cuenta de que nosotros también pecamos de eso. Quizás abducido por este mismo contexto del procés, Santamaría amplía este sesgo a través del término “nacionalismo lingüístico”, quizás entendido de forma ideologizada. Si bien es cierto que podríamos utilizar de forma no rigurosa la expresión “nacionalismo lingüístico” para definir un nacionalismo identitario catalán xenófobo, lo cierto es que debe entenderse de forma no distorsionada.

En efecto, el nacionalismo lingüístico es un fenómeno consistente en la naturalización de una relación de superioridad –que se da por supuesta– de una lengua sobre otra o, mejor dicho, sobre otra comunidad lingüística, por medio de la expansión de la lengua sobre el territorio de donde no es originaria. Como consecuencia de ese proceso, se minoriza la comunidad lingüística afectada por la lengua con vocación de superioridad, se minoriza en su área de expansión propia, y esto se justifica políticamente (de manera consciente o no) y se interioriza en las actitudes lingüísticas de forma que el uso normal de la lengua minorizada queda condicionado a la lengua inherentemente naturalizada como punto de referenciai. A veces criticamos, como hace Santamaría y yo mismo también, esta idea de identificar mayor pureza nacional catalana con la lengua, pero no debemos confundir las cosas ni olvidar algo obvio en la historia que nos permite entender realmente el nacionalismo lingüístico: cualquier proceso histórico de construcción burguesa de un estado-nación ha sido un proceso de imposición de un patrón centralista como modelo de la nación toda, lo que incluye notablemente la lengua. Evidentemente, esto ha pasado también en España y con el castellano respecto del catalán –y las otras lenguas peninsulares–, y no en relación inversa. Incluso esta lógica sigue operando.

Nuestro autor llega a afirmar rotundamente lo mismo que la derecha reaccionaria afirma respecto del catalán en la escuela, o sea, que es un instrumento de adoctrinamiento nacionalista y que el “conjunto del entorno escolar […] tiende a romper con los vínculos históricos y afectivos con el resto de España.” Una hipérbole totalmente fuera de lugar que no solo transmite una idea falsa de la realidad de los estudiantes y sus familias, sino que es la causante de generar la tensión recurrente en la valoración del sistema educativo. Además, también hay que observar que esta afirmación solo se puede hacer si se antepone España como la entidad histórica y afectiva que vincula a los alumnos que ya han nacido específicamente en Cataluña, tengan vínculos familiares con otras partes de España o noii. Nos topamos aquí, pues, con un concepto implícito de nación, lo cual lógicamente es legítimo, pero que no nos vendan gato por liebre diciendo que hay un proyecto –solamente– de nacionalización catalán y no reconociendo la particularidad social y cultural de Cataluña. No obstante, y siguiendo la tradición catalanista que hemos mencionado más arriba, los vínculos históricos y afectivos de Cataluña con España no son necesariamente excluyentes; más aún, se pueden reforzar con un encaje plurinacional en forma federal.

Demagogia lingüística y realidad sociolingüística

En ese afán se señalar una intencionalidad política, Santamaría hace un mal uso de otro término: “sustitución lingüística”. Sustitución lingüística no se refiere a un proyecto político explícito y orientado, sino a un fenómeno sociolingüístico (con las influencias políticas que vengan al caso, claro) que se da cuando –en un contexto de contacto lingüístico, es decir, cuando dos lenguas conviven o se encuentran (una de las cuales es la lengua fuerte, la que ejerce más influencia, y la otra la lengua débil)– la lengua fuerte ocupa los distintos espacios y usos de comunicación normal en detrimento de la débil, cuyos hablantes, con el paso del tiempo, dejan de hablarla por no ser “útil”. Me parece evidente, y es consenso sociolingüístico, que la lengua débil en Cataluña es el catalán (además de ser la lengua propia), con lo cual –al contrario de lo que nuestro autor nos quiere hacer ver ideológicamente– el proceso de sustitución lingüística significa la suplantación del catalán por el castellanoiii. Tenemos otros ejemplos en el Reino de España –no solo con el catalán sino con las otras lenguas– de lo que puede pasar si erramos al valorar la relación de las dos lenguas en el contexto bilingüe y si nos equivocamos al indicar la dirección de la sustitución lingüísticaiv.

Si el autor los confunde es porque realiza saltos entre la inmersión lingüística, la pedagogía y los resultados académicos. Partamos de lo que conocemos: si las pruebas que tenemos para valorar el conocimiento del idioma, que es lo que Santamaría está resaltando, dicen que el conocimiento del castellano en Cataluña es equivalente al del resto de España, entonces esto indica que, efectivamente, el hecho de que se enseñe castellano solo dos horas a la semana no tiene un efecto negativov. Aquí no hay nada de capcioso. Cuando las pruebas de que se disponen afirman esto, decir lo opuesto indica que se quiere forzar la opinión prejudicial propia antes que, por el contrario, asumir la realidad. Y la explicación de que el conocimiento del castellano en Cataluña sea equivalente al del resto de España es muy sencilla: la lengua que mayoritariamente se habla en casa en las zonas más pobladas de Cataluña –la lengua de uso común entre los estudiantes e incluso, muchas veces, entre profesores y alumnos– es la lengua castellana. Y, precisamente porque esto es así, ni su conocimiento ni su uso quedan reducidos. Y, precisamente porque esto es así, es necesario el refuerzo del catalánvi.

De nuevo, nos remitimos a la lógica sociolingüística: mientras que la comunidad catalanohablante es y sería bilingüe, la castellanohablante no, pues quedaría encerrada en su mundo monolingüe justificado por un discurso que, paradójicamente, pretende loar la riqueza lingüística haciendo hincapié en el bilingüismo. Se privaría a los niños del derecho a saber catalán y se les reducirían sus opciones de interacción social, así como sus expectativas laborales. Es obvio que esos niños –en mayor medida si vienen de la periferia, de barrios obreros castellanohablantes y de origen inmigrado–, o aprenden catalán en la escuela, o no lo aprenden nunca. Y esto es un problema, no solo para ellos particularmente, sino para la sociedad en su conjunto. En efecto, la segregación no se genera por la inmersión lingüística, sino por la conformación de dos comunidades lingüísticas separadas. Y la realidad es que, primero, el castellano no está expulsado de las aulas, pues muchos de los estudiantes lo hablan entre sí; y, segundo, la segregación se da por la existencia de bolsas monolingües castellanohablantes, sobre todo en la zona de Barcelona. Dicho de otra forma, el desconocimiento del catalán (a veces incluso su desprecio) influye negativamente en la cohesión social. Decir que eliminar la inmersión en catalán evitaría esta segregación, cuando el carácter de la segregación no es por la “presión” del catalán, sino por su desconocimiento, me parece un juicio totalmente faltado del sentido de la realidad. Más aún, en sus años de historia, la inmersión justamente ha tenido el efecto contrario, ha evitado la diferenciación de la población y consiguió la desaparición del adjetivo “charnego”vii.

Así, debemos tener en cuenta que, cuando se dice que la inmersión lingüística es un modelo de éxito, no nos referimos a las notas académicas, sino al modelo de integración. Y basta ver la historia: efectivamente las tasas de fracaso escolar son muy elevadas (lo son en toda España y por motivos del sistema escolar y la desigualdad social general), pero la inmersión lingüística lleva 30 años aplicándose y no ha habido ningún problema ni fractura social. El derecho a tener la misma educación –y, en tanto que pública, la mejor posible– es también interés social; no es un derecho de los padres, lo cual sería un argumento típicamente liberal.

El enmarañamiento es tal que Santamaría cae en –quizás pequeñas, pero para nada banales– falsas afirmaciones, como repetir la mentira que los reaccionarios españolistas se sacaron de la manga diciendo que en las escuelas se vigila a los niños para castigarles si hablan castellano en el patio. Eso se parece más a un titular suculento de determinados programas de “investigación” que, por el contrario, a la realidad. Asimismo, también observamos la tendencia a tomarse como una ofensa o un ataque a los castellanohablantes algo que se refiere más al catalán que no a los castellanohablantes per se. Con el mismo ejemplo de Tortell Poltrona lo vemos: Poltrona no criticó a los que hablan castellano, sino a los que muestran una actitud negativa para con la lengua catalana y no expresan ningún tipo de interés para adaptarse en una sociedad que tiene dos lenguas de uso habitual; dicho de otra forma, a los que viven y quieren vivir en una burbuja. No es, por tanto, lo mismo decir que alguien es un “ñordo”viii por hablar castellano, que criticar, en tanto que conciudadano, a los que no quieren esforzarse ni tan siquiera para entender el catalánix. No confundamos las cosas.

Identitarismo y esencialismo

La conclusión que se deriva de todo esto parece lógica a los ojos de Santamaría: advertir a la izquierda que seguir con lo que hemos identificado como la tradición catalanista progresista de defender el catalán la está alejando de su base social. En su artículo afirma que “causa profundo estupor que desde la izquierda catalana y española se repitan estos mismos argumentos” en defensa de la inmersión lingüística; y acusa a la izquierda de bailar al son de la música “nacionalista” (se entiende, nacionalista catalana), hasta el punto de sentenciar que esto, de hecho, ayuda a la derecha españolista. Pero ¿cómo va a ser posible que la izquierda haga el “inmenso favor a la derecha españolista de dejarle el campo libre” defendiendo la inmersión lingüística, cuando esto en realidad contradice su discurso nacionalista centralista? ¿Cómo va a ser esto posible si es de hecho el mismo Santamaría quién se está alineando con las tesis de la derecha españolista? Más bien es esta estrechez de miras lo que hace un inmenso favor a la derecha españolista que lleva años teniendo un proyecto político anticatalanista bajo el brazo, lo que hace que uno se alinee con sus argumentos y compre los improperios que C’s ventiló desde que entró en el Parlament de Catalunya.

Entonces, no es la inmersión lo que distancia los partidos de izquierda de sus bases sociales y facilita el crecimiento de C’s (porque si fuera así también habría pasado hace 30 años), sino la utilización partidista de la lengua en el clima de tensión nacionalista propio del procésx, así como la apelación a identidades. En este marco hay algo que nos llama mucho la atención, y es la relación que nuestro autor establece entre clase, lengua y votantes. Nos parece de hecho más esencialista decir que uno tiene que hablar en castellano, defender el castellano y ponerlo de forma vehicular en las escuelas porque sus votantes hablan castellano como lengua materna, que no lo contrario. También se trata aquí de un cierto identitarismo, y peor que el otro, pues éste proviene de adscripción y no de adquisición. En efecto, aquí es donde radica la bondad de la defensa y propagación del catalán. ¿O es que no se puede hacer política para con los hablantes de lengua castellana en catalán? ¿O es que los hablantes maternos de lengua castellana no tienen el derecho a conocer la lengua de su país? ¿O es que los hablantes de lengua castellana no pueden apropiarse de otra lengua que les facilite la comunicación, les permita empaparse precisamente de la realidad de donde viven y les abra más oportunidades?

Aun así, Santamaría tiene razón en un punto, que evidentemente conviene matizar y contextualizar. En efecto, la izquierda catalana, dentro del amplio contexto del procés, se ha visto perdida y desorientada, aunque esto no significa que haya bailado –al menos no siempre– la música de los independentistas. En cualquier caso, la lógica procesista se ha impuesto. En otras palabras, la izquierda ha dejado vía libre no tanto a la derecha españolista como Santamaría sostiene, sino a la lógica procesista que confunde y amasa cosas distintas dentro del juego de ser catalán y de ser español.

Lógica identitaria y pluralidad lingüística

Si solo leyéramos el desiderátum final de Santamaría, no tendríamos nada que objetar (aparte de que el término “cooficial” también induce a errorxi). Estamos de acuerdo en que hace falta gestionar la pluralidad lingüística del Estado y respetar las lenguas, pero no tanto por ser un atributo de las “nacionalidades”, que también, sino por ser un bien público y una expresión cultural propia de ese lugar y no otro, lo cual obliga a considerar España plurilingüe y, por extensión, plurinacional. Asimismo, estamos de acuerdo en que la cuestión lingüística genera polémica y polariza, aunque no por sí misma, sino en tanto que instrumento político mal usado (o demagógicamente usado) y que, de todo ello, es especialmente la derecha quien sale ganando.

En lo que no estamos de acuerdo es en los postulados sobre los cuales nuestro autor construye su crítica. Creo que deberíamos evitar las trampas que nos ponen en esta lógica nacionalista construida sobre el procesismo (trampas que la izquierda catalana no supo evitar cuando se trataba del “referéndum”, por ejemplo) y dejar de seguir utilizando el catalán para afirmar que hay una división social inexistente y culpar de su polititzación solo a un bando, por más culpable que pueda ser. Lo que debemos hacer es disputar el sentido del catalán a aquellos sectores que quieren apropiárselo como símbolo de pureza identitaria (que genera su reverso en el castellano), y hacerlo con el propósito de construir una comunidad política. El error está en reaccionar instintiva y negativamente ante la defensa del catalán, pues esto cae indefectiblemente en los mismos argumentos esencialistas de clase y lengua que nuestro enemigo político ha estipulado dentro de un determinado marco político; entonces le estaríamos dando el monopolio de la identidad y de la consideración de la lengua. La inmersión lingüística y la normalización del catalán son la forma de oponerse a la diferenciación de identidades y a la segregación de comunidades.

i. Para acompañar y ayudar a fundamentar lo que afirmo, me remito a Juan Carlos Moreno Cabrera, que tiene un libro titulado El nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva.

ii. La observación respecto de la procedencia de los estudiantes y/o sus padres no es banal, pues la realidad actual no es la misma que la de los años 80 o 90: hay muchos estudiantes que tienen vínculos afectivos con otras partes del mundo, con lo cual el argumento de Santamaría ya no se puede aplicar. Bien al contrario, esta nueva realidad social apoya el argumento del uso del catalán de forma vehicular para, por un lado, ofrecer a todos los alumnos una base común de inclusión social y, paralelamente, frenar la tendencia inherente de la lengua fuerte a restar espacios a la lengua débil y oscurecer el derecho de todos los alumnos a conocer el catalán. Con un simple examen de la realidad se puede entender esto: existen en las escuelas e institutos grupos de “bienvenida” (“Català per a nouvinguts”) para estudiantes inmigrados que enseñan intensamente el catalán, incluso se podría decir que alfabetizan. No existen en castellano porque no hacen falta en esta lengua, pues todos aprenden e interiorizan el castellano por la presión normal del entorno. Enseñar el catalán no es tanto para que lo aprendan bien, sino para que lo aprendan a secas, con el doble fin de evitar segregación (tanto de ellos, como –en general, en términos sociales– en dos grupos) y normalizarlo.

iii. En realidad, no es tanto Cataluña sino, desde el punto de vista sociolingüístico, los territorios de lengua catalana propia. Por consiguiente, no debemos confundir las fronteras administrativas con las lingüísticas (por ejemplo, el Valle de Arán no tiene el catalán como lengua propia). Precisamente otras zonas que no son Cataluña (notablemente las comarcas del País Valenciano) son ejemplo de los efectos de la sustitución lingüística, mucho más fuerte allí que en Cataluña, entre otras cosas por el consenso que ha regido aquí respecto de la lengua. Observamos, de nuevo, el importante papel que jugó la izquierda catalana –y catalanista– que, en vez de estar abducida, estaba más bien preocupada por la inclusión y la cohesión social de una sociedad diversa.

iv. No llego a las conclusiones extremas de otras personas que afirman que el catalán efectivamente podría acabar desapareciendo, lo cual da la impresión de ser un alarmismo que pretende movilizar por apelación identitaria. Lo más veraz en contextos así es, por un lado, la castellanización del catalán y, por otro, la reclusión del catalán a una comunidad lingüística cada vez más pequeña que seguiría teniéndolo como lengua materna, con lo cual ya no sería una lengua de conocimiento compartido y, menos todavía, de uso relativamente generalizado. El efecto social de eso es la aparición de dos comunidades lingüísticas separadas en la misma realidad social, con presión constante del castellano sobre el catalán.

v. Son dos horas de castellano en infantil y primaria.

vi. Sin embargo, Santamaría llega a afirmar que no es un problema no dominar el catalán. Lo siento, pero sí: tal vez no sea un problema no dominarlo, pero sí es un problema, como mínimo, no conocerlo.

vii. Quizás valga la pena citar esta reflexión, en tanto que ejemplo personal, del compañero: Guillén, Miguel. “La inmersión lingüística en Catalunya y los ataques de Vox, el PP y Ciudadanos”, en Público. 08/09/2019.

viii. Por cierto, debo decir desde mi experiencia que tal designación despectiva no la he escuchado nunca.

ix. ¿O es que no hemos escuchado nunca “por qué tengo que hablar catalán, si los catalanes ya hablan castellano”? Evidentemente esto no pasa en sentido inverso y es indicador de imperialismo lingüístico, porque se está juzgando la conveniencia de saber catalán según la conveniencia de saber castellano y, por tanto, aquél está subordinado a éste.

x. Sobre una valoración más amplia del “procés”, y del papel de los partidos independentistas y de C’s, remito al siguiente artículo: Xaubet, Hèctor. “Cinco tesis sobre el procés”, en Mientras Tanto. 07/12/2019.

xi. El prefijo “co-” implica reciprocidad e igualdad compartida de las lenguas en su estatuto de oficialidad, también así en el territorio de la comunidad lingüística donde no son lenguas propias. Esto significa que una cooficialidad real no es sino la instauración en todo el territorio español de la oficialidad de todas las lenguas españolas (adjetivo aquí entendido como procedentes o encontradas es España). No estamos seguros de que Santamaría abogue por este tipo de cooficialidad.

Llibertat individual, vaga i Amazon

Avui faig una crítica al concepte de la “llibertat” liberal en tant que mera llibertat d’elecció, i en veurem la seva inconsistència, a partir de la meva experiència com a treballador a Amazon.

El català i la “llengua comuna”

Reflexió crítica a partir d’aquest comentari de Twitter d’Óscar Guardingo:

El comentari em dóna peu a analitzar certes actituds d’imperialisme lingüístic, millor dit efectes que acabem interioritzant, i alhora fer una crítica a un discurs de l’esquerra que sembla que per defecte vegi com a dolent i nacionalista un posicionament a favor de la llengua catalana, una negativitat que, al meu entendre, facilita que es colin els arguments del segregacionisme lingüístic. Òbviament, el problema rau en tot l’entrellat que el processime ha creat. Llavors, la tendència identitarista i essencialista que pel processisme fa furor, s’acaba traslladant a la llengua; i, llavors, quan critiquem el processisme, indirectament també critiquem la llengua, o bé identifiquem en la llengua el projecte polític i els valors xenòfobs que trobem en els “indepes” eixelebrats; però amb això no fem sinó caure a la trampa que el processisme ha parat havent creat aquesta identitat entre llengua i tota la puresa que els “indepes” eixelebrats pressuposen.