Arxiu del Blog

Cinco tesis sobre el “procés”

[Originalment publicat a la revista Mientras Tanto en el número de desembre de 2019]

Llevamos ya unos cuantos años viendo como la política catalana, que influye en la española, está subsumida en el llamado procés de independencia. Las acciones políticas, los discursos, las relaciones de fuerza… todo se mide y se conceptualiza según los parámetros del procés. Después de todos estos años y llegados al momento actual, creemos que es un buen momento para exponer brevemente unas tesis medio explicativas y medio interpretativas del susodicho proceso.

Primera tesis: el procés como desviación de las protestas sociales

Se acostumbra a decir —quizás ya es por todos aceptado— que el proceso de independencia es y ha sido un manto que ha tapado problemas y también protestas sociales. En efecto, hacia 2011, un año después de la gran manifestación de repulsa a la sentencia del Estatut y un año antes de las elecciones anticipadas convocadas por Mas en las que se presentó como un mesías, estalló el movimiento 15-M, que en Cataluña, en junio de ese mismo año, llamó a “rodear” el Parlament. Cabe recordar que el día en que se convocó esa concentración el Parlament debatía los presupuestos de austeridad… y también que el presidente Mas llegó en helicóptero al hemiciclo. Sin duda, unas protestas que un gobierno de derecha de orden no podía permitir.

Aun así, quizás no prestamos demasiada atención al hecho de que la forma de ignorar las protestas sociales no fue tanto taparlas como desviar la atención hacia otro tema. El procés nació como una forma de recoger el descontentamiento popular, que desbordaba a la vez por la multitudinaria manifestación de julio de 2010 y por las acampadas “indignadas”, y reconducirlo, de tal forma que las ansias independentistas y las excusas que señalaban a Madrid fueran preponderantes. La voz independentista se amplificó y se acogió como la voz de las protestas sociales, a la vez que se acalló lo que podía llevar a indignación popular descontrolada, notablemente la crítica a la profunda corrupción que empezaba a emerger en la derecha catalana. Es un ejemplo de ello la llamada “Consulta sobre el futuro político de Cataluña 2014”, aquella especie de referéndum —que se cuidó mucho de no ser designado como tal— que incluía una doble pregunta. Pues bien, activistas y movimientos sociales, que empujaban hacia la soberanía popular —a veces por la vía ciertamente de la independencia—, en realidad pretendían hacer un “multireferéndum” en el que se decidiera democráticamente sobre cuestiones de derechos sociales. Evidentemente, nada de esto fue aceptado e incluso se podría decir que en aquellos momentos ICV-EUiA discutió más sobre el redactado de la doble pregunta de esa consulta que sobre el contenido de la misma en relación a las condiciones socioeconómicas de la población.

Segunda tesis: independentismo y “procés d’independència” no son lo mismo

Al ver las encuestas de opinión, se observa que la población independentista en Cataluña ha representado siempre en torno al 15% de la población. La mayoría de la gente, al ser preguntada por la preferencia territorial respecto de Cataluña, se situaba o bien en la autonomía o bien en el federalismo. Pues bien, con la sentencia del Estatut eso cambió. El independentismo creció enormemente y se activó para presionar a los políticos. Su punto de partida fue quizás la manifestación de repulsa a la sentencia del Estatut de 2010, ya mencionada, que se convirtió de facto en una manifestación independentista. Tomó una fisonomía y una magnitud inesperadas. Se trataba de un sentimiento popular legítimo, en cierta forma una expresión de soberanía.

El punto de partida del procés, por otro lado, son las elecciones de 2012, donde Convergència i Unió, con el lema “La voluntat d’un poble” y una foto de Mas con los brazos abiertos, se apropió de ese sentimiento de independencia, le dió una forma institucional para poder controlarlo y, como hemos visto en el apartado anterior, evitar que se conviertiera en un auténtico movimiento de protesta que se dirigiera contra el gobierno. Pero lo que Mas inició no es el movimiento de independencia en sí, sino una estrategia política de relación con el gobierno central que recurre simbólicamente a la independencia. Dicho de otra forma: lo que ocupa los titulares de los diarios, lo que siempre vemos sobre la independencia, no es el independentismo como tal, sino la confrontación entre dos gobiernos, el catalán y el español, que ponen los recursos que tienen a mano para intentar cambiar su relación de fuerzas.

Esta segunda tesis —que debe entenderse conjuntamente con la primera y la quinta— afirma, pues, que el procés es la conducción (o sea, el mismo proceso en sí) de ese sentimiento de independencia, la dirección (o sea, la estrategia) de los movimientos tácticos que se justifican en la independencia. Ilustrándolo con las metáforas marineras que tanto se pusieron de moda, el objetivo real no es llegar a Ítaca, sino toda la odisea que hay en medio, que se representa a conciencia con pasión y como éxito. El procés, y con los años lo hemos visto, ha acabado cooptando el movimiento independentista, pues veía en la estrategia gubernamental seguramente la única forma de dar salida a sus peticiones (si el gobierno catalán no se hubiera sacado de la manga Ítaca, el independentismo habría desbordado). El propósito real del procés, que evidentemente no es el mismo que el de los independentistas honestos, no es otro que mantener la rueda en marcha: el procés se retroalimenta a fin de seguir consiguiendo réditos electorales y a fin de que la derecha siga presidiendo la Generalitat.

Tercera tesis: el nacionalismo y el identitarismo, gestados en la respuesta españolista al procés

A menudo se critica al independentismo, al que se confunde con el procés, por nacionalista, en el sentido de excluyente e identitarista. Incluso se le atribuyen esos valores inherentemente. Pero, aunque la agitación de la bandera para desviar la atención de los problemas sociales es ciertamente nacionalista, la crítica que se le hace en este sentido identitarista parte, a nuestro parecer, de un error de análisis. El choque nacionalista que ha significado el procés y la agitación social en base a los sentimientos nacionales es debido a la estrategia de confrontación que la derecha nacionalista españolista inició, concretamente el partido Ciudadanos en Cataluña.

En efecto, la crítica de este partido al independentismo (en la forma del procés) confundía deliberadamente independentismo, un movimiento político legítimo con fines racionales, y nacionalismo, un movimiento político o, como mínimo, estrategia de apelación a las masas, sin otro fin concreto que sus efectos movilizadores y cohesionadores en base a una identidad colectiva. Esto se ve muy claramente en las intervenciones públicas que hacían los portavoces de ese partido, del estilo “los nacionalistas catalanes quieren romper España”. Y esto casa completamente con la mentalidad política del Reino de España, según la cual los nacionalistas son sólo los nacionalismos periféricos, no el centralismo castellano.

Lo que se debe tener en cuenta, pues, es que este discurso se impuso y es el que hasta hoy incluso la izquierda asume a veces. La reacción anti-independentista ha dado al procés, del cual ha acabado formando parte, su carácter identitarista en la medida en que se le criticaba por ser catalán y egoísta con los españoles. Como consecuencia, esto es lo que ha asumido la parte de la población no atraída ni por la independencia en sí ni por el procés y, consiguientemente, se ha formado su identidad (nacional) por oposición. Dicho de otra forma, la estrategia de este partido ha galvanizado a los ciudadanos catalanes que se sienten solo o también españoles [1], en la medida en que se les presenta la independencia como algo solo de catalanes y amenazador a su pertenencia a la comunidad sociopolítica en la que, de hecho, están incluidos. Así es como se entiende que el 10% de aquellos que solo se sentían españoles en el año 2012 fueran independentistas, pero que hoy solo lo sean el 3%. De aquí se deduce que ha habido una polarización política que se ha trasladado también socialmente.

Lo que en estas líneas defendemos es fácil de comprobar en la medida en que nos damos cuenta de que el nacionalismo español se ha avivado en toda España, no solo en Cataluña, porque lo que afecta en Cataluña se ve y se representa como una amenaza al sentimiento de pertenencia global. Pero, como esta polarización política que el nacionalismo españolista ha generado no puede trasladarse en términos puros a todos los territorios del Reino —pues no en todos lugares hay un “nacionalismo periférico” al que confrontarse—, se expresa en forma de exacerbación nacionalista, de forma que los partidos (básicamente la derecha) compiten entre ellos para mostrarse lo más españolistas (“españoles”, dirán ellos) posible.

Cuarta tesis: polarización social

Siguiendo con el punto anterior, el señalar a los otros (independentistas) como nacionalistas es lo que ha llevado a la confrontación nacionalista, que tiene como efecto la fragmentación y polarización parlamentaria en grupos contrapuestos, como reflejo de la sociedad. Sin duda, el hecho de que C’s sea el partido más votado y con más representación parlamentaria, pero que los dos mayores partidos independentistas sean los que tienen la mayoría, ya es indicio de esta fuerte polarización. No somos partidarios de designarlo como una división social, que es de hecho lo que hacían desde C’s, pero sí como una tensión muy fuerte que, como hemos visto en el punto anterior, interpela a la ciudadanía según sus sentimientos. El llamado “referéndum” del 1 de octubre fue seguramente el punto máximo de la negligencia procesista, que certificó a ojos de muchos catalanes cómo —en la medida en que fue unilateral— los “catalanes” ignoraban a los “españoles”. El discurso de la confrontación nacionalista no había tenido hasta entonces un mejor portavoz que ese mismo referéndum.

Pero vayamos un poco más allá, al núcleo de nuestra tesis: la polarización social, en este contexto de confrontación nacionalista, supone problematizar también aquello que usa la sociedad para comunicarse y que es a la vez distintivo de Cataluña —aunque no solo— respecto del resto de España, o sea, la lengua. Consecuencia indeseada del procés, por vía de la exaltación nacionalista de C’s (que justamente entró en el Parlament en el 2006 con un solo punto en el programa: la erradicación de la inmersión lingüística), es y ha sido el ataque a la lengua catalana, el sentimiento de agravio de la comunidad castellanoparlante, el rechazo de la lengua catalana como instrumento de inclusión social, papel que ha desarrollado hasta ahora y que, creemos evidente, ha demostrado ser efectivo. De esta forma, lo que ha conseguido colar C’s bajo la apariencia de anti-independentismo es en realidad un profundo anticatalanismo, que muchos inconscientemente reproducen. No podemos ser ingenuos y aceptar ese discurso, porque esto significaría certificar que hay una división social (entre dos comunidades lingüísticas), representaría confirmar una cierta etnicidad y supondría rechazar el que fue lema de integración e inclusión del pueblo catalán en su conjunto por parte de la izquierda: “un sol poble” (‘un solo pueblo’).

Quinta tesis: el juego de la gallina y la mutación perpetua

Si se toma en consideración que el objetivo político “realista” del procés era forzar una negociación para llegar a mejores condiciones de autonomía para Cataluña o conseguir que las élites políticas catalanas participaran de la gestión política de España, entonces llegaremos a la conclusión de que, después de las sentencias de prisión de hace unas semanas, se ha demostrado el fracaso del procés porque el juego de tensar la cuerda no ha salido bien. O, mejor expresado, el choque de trenes efectivamente se ha producido, pero el gobierno español tenía ciertamente un tren robusto, mientras que el gobierno catalán tenía una vagoneta.

Desde esta perspectiva, es un fracaso. Pero no nos confundamos: primero, el juego de la gallina sigue, porque el gobierno catalán evidentemente no va a dar marcha atrás a pesar de los reveses. Es decir, lo que ha pasado es un contratiempo. No en vano, por las fechas de la sentencia, se oía en algunos círculos independentistas que todavía se tendría que hacer otro referéndum. Es decir, como es propio del juego de la gallina, esto significa empujar fuerte hacia adelante y esperar que el rival se mueva. Segundo, el procés se justifica por el deseo de autodeterminación, por el sentimiento de agravio e incluso por medio de la movilización misma, de tal forma que esa estrategia del juego de la gallina, tan arriesgada y negligente, sigue estando en contacto con el sentimiento del independentismo honesto. Así, un revés como tener los políticos independentistas en prisión no se ve sino como una prueba más de que es necesario seguir tirando de la cuerda.

De esta forma, nos damos cuenta de que los objetivos del procés, siempre circunscritos a los tacticismos circunstanciales que permiten, justamente, mantener la maquinaria en marcha (es decir, el círculo perpetuo de este proceso político), se adaptan, mutan. La independencia no es un objetivo. No lo había sido nunca, pero por lo menos los portavoces, digámoslo así, del procés recurrían retóricamente a ella. Ahora, el objetivo, retóricamente plasmado, que se planteaba el procés después de la sentencia era la libertad de los presos políticos, igual que en otros momentos su objetivo era la restitución del presidente legítimo o la celebración del referéndum. Una vez superado el valor táctico de cada uno de estos “objetivos”, se olvidan, quizás con excepción del 1-O, que se ha convertido en un relato mítico fundacional.

El procés es, como hemos visto, una estategia de gestión autojustificativa y, como decimos, muta continuamente. En su reelaboración aparecen a veces fricciones, sea por su alta negligencia o por disonancias entre los timoneles del procés —entre ellos o entre ésos y las bases independentistas—. Ciertamente, la mutación puede llevar a choques con el principio de realidad así como a choques por la lucha por el poder. Igualmente tenemos que considerar que la mutación no implica, evidentemente, un cambio parejo en las bases independentistas, que siguen siendo independentistas, y que por tanto pueden distanciarse de los líderes. De hecho, podríamos decir que ya estamos viendo síntomas de cierta disonancia: críticas de independentistas entre ellos, arrepentimientos —o, como mínimo, reconocimiento de errores— y protestas independentistas que —seguramente porque no tienen un objetivo claro— se han manifestado últimamente más bien sin sentido y no en el marco de las movilizaciones necesarias para mantener girando la rueda —como hemos visto en el punto 1—, como protestas contempladas por algunos sectores de la población como alteraciones molestas a su vida cotidiana —que probablemente ni siquiera les interesen ideológicamente—. Sería el caso de la “ocupación” de la estación de Sants en Barcelona, por ejemplificar.

Finalmente, estas disonancias —como las hemos llamado— nos llevan a considerar que el procés está entrando en una nueva fase; todavía tiene que adaptarse y acomodarse, hasta que pueda controlar las protestas —que evidentemente no son para nada deseadas por la derecha— y pueda mantener al movimiento independentista firmemente cooptado. Aun así, sabemos que a veces la política genera efectos “indeseados”, como la exacerbación del nacionalismo españolista en el caso del procés, y sabemos también que en el gobierno español ahora toma parte Podemos, un partido que a pesar de no haber estado siempre a la altura, a nuestro parecer, tiene ciertamente un talante distinto y una visión sobre España y Cataluña que no casan con el endémico centralismo castellano. Aunque estos dos motivos nos lleven a estar expectantes, el autor de estas líneas no cree que la lógica del procés expresada en estas tesis —aunque ahora nos interesa especialmente esta quinta, por ser la que recoge la relación entre gobierno catalán y gobierno español— se vaya a ver alterada.

Nota:

[1] Al ser preguntados los ciudadanos catalanes en las encuestas de opinión sobre su sentimiento de pertenencia en una pregunta que incluye cinco categorías de respuesta (solo catalán, más bien catalán, catalán y español, más bien español, solo español), la mayoría responde que se siente igual de catalán que español (un 40% en el año 2010, menos que antes de la sentencia del Estatut). En segundo lugar está ahora, después de estos años, “solo catalán”, seguido de cerca por “más bien catalán”. “Más bien español” agrupa en torno al 4% y “solo español” agrupa ahora al 7%, habiendo subido paralelamente a la bajada de “más bien español”. Pues bien, esto significa que la población catalana se siente casi toda catalana (solo o también). La estrategia de C’s ha penetrado en este doble sentimiento de la población catalana de tal forma que los ha confrontado entre ellos y ha puesto la ciudadanía en el compromiso de escoger grupo de pertenencia, ha activado el sentimiento de españolidad compartido en la población catalana.

Llenguatge sexista?

Voldria exposar a continuació, després de molt temps de donar-hi voltes i pretendre escriure al respecte, una crítica a l’anomenat llenguatge no sexista, a partir dels meus coneixements. Ho faré des de dos punts de vista: en primer lloc, mostrant i demostrant que l’aplicació del llenguatge no sexista altera el llenguatge, la gramàtica i el significat naturals perquè en té un concepte erroni, i provoca distorsions, per tant ho analitzarem des d’un punt de vista lògic i lingüístic estrictament. En segon lloc, respecte de la teoria que el justifica, que essencialment és idealista.

El llenguatge no sexista, que pressuposa que l’ús del llenguatge expressa connotacions sexistes, és una plantejament força estès, si més no en determinats cercles de l’esquerra política (potser la majoria), que defensa que cal parlar usant més d’un gènere per referir-se a realitats. Tot seguit realitzaré la crítica al respecte, de forma detallada i llarga, però si més no d’entrada volia dir que tal plantejament s’ha format a partir d’un cert feminisme i que aborda la qüestió de l’ús de la llengua des de la seva visió ideològica. En canvi, l’Assemblea Nacional Catalana recentment ha abordat, encara que sigui succintament, l’ús del llenguatge no sexista en termes lingüístics, més que no ideològics, i per tant n’ha pogut plantejar una crítica (en el seu document d’orientacions lingüístiques).

1. Crítica a l’aplicació del llenguatge no sexista:guia

Segons la visió citada més amunt, el llenguatge no sexista pretén no primar els termes masculins. Hi ha, en això, un primer error de base, estrictament lingüístic: confondre el gènere gramatical pel sexe. Ho explico precisament pels motius ideològics del feminisme que justifica aquest llenguatge: pretendre identificar aspectes masculins i femenins arreu per tal de posar damunt de la taula una suposada confrontació. Aquesta confusió, que quedi clar, no l’assenyalo només jo, també ho fa la reconeguda lingüista Carme Junyent, que afirma també una cosa tan contundent (que abordarem a la segona part de la crítica) com que no s’ha d”ensinistrar” els nens en l’ús del llenguatge no sexista.

Així, l’ús del terme gramaticalment masculí no implica que totes les persones referenciades siguin masculines, sinó que és d’ús neutre sense valor en una suposada disputa de gèneres. Fixem-nos que totes les paraules tenen gènere, masculí o femení, independentment de si es refereixen a éssers realment mascles o femelles. Així, si acceptem l’explicació d’un determinat feminisme que el llenguatge com ha estat utilitzat fins (o sigui, de forma sexista) amaga la realitat de les dones, com podem explicar que diguem el cotxe i no la cotxe? Fixem-nos que hi ha llengües, com l’anglès, que no tenen gènere; a ningú no se li passaria pel cap, en pro del llenguatge no sexista, inventar-se gèneres en anglès perquè mascles i femelles puguin veure-s’hi reflectits. I hi ha llengües, com el llatí, que tenen més gèneres.

El llenguatge és un sistema lògic coherent, no hi ha una transposició de sexes o gèneres a la realitat en si, simplement la llengua, totes, generen formes d’expressió diferents, lògiques i vinculades a la construcció dels significats. En aquest sentit, l’ús dels gèneres és una qüestió funcional. I pot quedar clar amb un altre exemple: les llengües, a banda de tenir diversos gèneres, també poden tenir formes d’expressió que “barregen” (per dir-ho d’alguna manera, m’entendreu de seguida) les referències de gènere. Seria el cas de l’italià respecte del tractament de vostè: en italià “vostè” es diu “Lei”, que és exactament el mateix pronom personal (però escrit en majúscula) per referir-se a “ella”. Així, si haguéssim de fer una transposició literal de paraules italianes al català, és com si en italià per dir “com es troba vostè avui?” diguessin “com es troba Ella avui?”. A ningú no se li passaria pel cap, doncs, dir que el tractament de vostè en italià és sexista perquè invisibilitza els homes. Simplement, per l’evolució que ha viscut la llengua, en el seu funcionament es diu així. Igual com en català, i de forma general en les llengües llatines, la manera funcional de parlar de forma genèrica es construeix amb el gènere masculí.

Aquesta darrera afirmació, però, encara la podem ampliar més. Cal observar que l’adjectiu “genèric”, que justament parteix de l’arrel de “gènere”, ja significa que estem referint-nos conceptualment a elements que no distingim específicament ni particularment. És a dir, el seu ús el que fa és precisament neutralitzar el valor que el gènere o el sexe específic poguessin tenir. I aquesta funció lògica, i això és el més important i per això ho repeteixo, la realitza en català (i en altres llengües) el gènere gramatical masculí. Per tant, fer ús del gènere femení (amb arguments no pas lògics, sinó discursos polítics) implica desnaturalitzar la llengua i marcar explícitament el gènere (per tant, conferir valor exclusiu). Dit d’una altra manera, la llengua esdevé sexista quan fem servir expressament el gènere femení.

Fixeu-vos que de moment tot el que he explicat es deriva d’una cosa tan aparentment senzilla com dir “companys i companyes” o, pitjor encara, en la versió radical, només “companyes”. Però és que la confusió entre sexe i gènere és crucial. I, de fet, no acaba aquí, la cosa: aquesta confusió exacerba la no-transposició de sexes a la realitat i, doncs, provoca encara una altra confusió, la de significat i significant, que no és una qüestió estrictament lingüística, sinó que ja té a veure amb l’estructura cognitiva.

En l’aplicació del llenguatge no sexista, identifico un segon problema. Crec no equivocar-me si dic que totes les llengües manifesten una tendència, en el seu ús corrent i natural, al que s’ha anomenat “economia del llenguatge”; doncs bé, l’ús del desdoblament de gènere o d’expressions suposadament no sexistes són contràries a aquesta economia del llenguatge, per exemple a l’hora de substituir plurals neutres (“els voluntaris”) per sintagmes formats per l’adjectiu corresponent complementant el nom “persones” (“les persones voluntàries”). Fixem-nos, però, que no només complica l’economia del llenguatge, sinó que també, i aquesta seria una tercera problemàtica, altera la gramàtica catalana genuïna: és a dir, es deixen de fer servir substantius (o adjectius substantivats) que són inherentment genèrics, malgrat que gramaticalment expressats en gènere masculí, per fer servir altres noms diferents matisats per un adjectiu, que és com funciona, per exemple, la gramàtica anglesa. Això, val a dir, també significa alteracions semàntiques, el seu significat és matisat: no és el mateix parlar de “voluntaris” estrictament que de “persones”. En aquest cas, doncs, igual com en l’anterior, la crítica s’estén no només als aspectes lingüístics, sinó als cognitius.

M’agradaria, tot seguit, exposar uns quants casos d’incongruències en l’aplicació del llenguatge suposadament no sexista, que mostren el problema d’aquesta lògica tal i com acabo d’explicar.sexisme

1. Referències a un subjecte genèric i impersonal: és impossible substituir o desdoblar paraules de gènere masculí que no es refereixen específicament a un agent particular, sinó que fan referència al concepte o a un atribut genèric.

  • Conceptes abstractes i indefinits, com seria el cas de “el legislador”, que es fa servir en filosofia política i teoria política per referir-se a aquell agent polític que estipula les normes legislatives d’una societat, sense que sigui ningú en concret ni necessàriament definit en el temps. És il·lògic, per tant, justificar per un argument aparentment no sexista fer servir el terme “la legisladora”. Ens estem referint a un concepte, una idea, i no sabem (ni ens interessa, perquè és circumstancial) si el legislador en concret és home o dona, en cas que realment ho arribés a ser.

  • Atributs genèrics: quan volem expressar el valor d’una qualitat, independentment de la persona. Per exemple, si diem “convé ser crític”. Com dèiem més amunt, la construcció de frases i l’ús de paraules té a veure amb la funció del llenguatge, que en aquest cas és conativa. Seria absurd dir “convé ser crítica”.

  • De forma semblant a l’anterior, hi ha complements o noms genèrics independentment del sexe de la persona que parla o de qui es parla, per tant en la comunicació de la llengua no hi ha necessàriament vinculació amb el sexe real. Per exemple, en la frase “em veig a mi mateix com a individu autònom”. La paraula complementada és “individu”, que és masculina en tant que es refereix al concepte en si, per tant l’adjectiu serà també masculí, independentment de qui pronunciï la frase.
    Un altre exemple: un dia vaig assistir a una xerrada sobre retallades a sanitat. La ponent va dir: “Porto tota la vida treballant a la sanitat, però ja porto un any d’usuari“. Ho va dir en masculí, correctament, perquè es refereix al rol d’usuari, és a dir, la manera general per dir que es refereix a la relació amb el sistema sanitari, més que no dir que ella té aquesta condició, perquè, clar, abans quan treballava a la sanitat també era usuària particularment quan anava al metge, però no estava en la posició d’usuari. Òbviament, a la pràctica la significació real ve a ser el mateix, però el matís, diferent, i no se centra en el gènere, sinó en el rol.

2. El cas més evident i més elemental és l’ús de plural per referir-se de forma genèrica a un col·lectiu d’individus d’una mateixa mena, sense que posem en relleu cada individu particular ni el seu gènere, sinó més aviat allò que conceptualment representen.

  • “Els déus grecs” en seria un exemple. Algú diria “els déus i les deesses grecs i gregues”? És indiferent ara mateix en quin déu en particular estem pensant, però el que pretenem és referir-nos al concepte d’éssers divins en la mitologia.

  • Algunes paraules tenen la mateixa forma per al masculí i al femení. Pot ser il·lògic pretendre diferenciar-los expressament quan, de nou, volem fer referència genèrica al col·lectiu. Seria el cas d'”estudiants”. Si optéssim pel desdoblament de gènere, hauríem de dir (i no és difícil escoltar-ho en assembles d’estudiants) “els i les estudiants”, cosa absolutament xocant perquè un substantiu, que és sempre un concepte de la realitat, no pot estar determinat per dos articles diferents, i a sobre tindríem el dubte de si el substantiu l’estem dient en masculí o en femení… A banda, hi ha el matís semàntic: fer servir els dos gèneres els identifica i per tant els tracta separadament: estudiants homes per una banda i estudiants dones per una altra banda, quan el que realment ens interessa és l’apel·lació col·lectiva i als dos gèneres junts. És curiós perquè això mateix es pot tornar en contra de la lògica del llenguatge -suposadament- no sexista: si el que es pretén és identificar el gènere, que la forma de la paraula casualment coincideixi no és la solució.

3. Ús de noms singulars genèrics i abstractes. Aquesta sembla ser una solució lògica i fàcil si el que es vol és no fer servir termes masculins (potser no tant per motius estrictament lingüístics, ja que ja hem vist que l’ús de termes gramaticalment masculins propis de la funció del llenguatge no expressa sexisme inherent, sinó per motius ideològics) o fer visible les presència de dones estrictament en un context comunicatiu en qüestió. Doncs bé, pot tenir el seu sentit, sobretot si ho fem servir de forma precisa en un context reconegut pels parlants, i no de forma absoluta per evitar l’ús de termes masculins, ja que el cert és que sempre hi ha matisos o, fins i tot, diferències conceptuals profundes, ja que els noms abstractes singulars, encara que es refereixin a una mateixa realitat que el genèric plural, són de fet noms eminentment col·lectius o, just això, abstractes. Vegem dos exemples:

  • “Els estudiants pateixen molts problemes econòmics”. Aquesta seria la forma natural de dir-ho. Hom podria pensar que també podem dir “l’estudiantat pateix molts problemes econòmics” o, millor encara, “l’estudiantat és un col·lectiu amb molts problemes econòmics”. Doncs bé, per la idea genèrica que volen transmetre les frases, semblen equivalents, però no és exactament el mateix dir que els estudiants (o sigui, el fet mateix de ser estudiant, que és una condició de cada persona particular) tenen problemes econòmics, que dir que l’estudiantat, el col·lectiu en el seu conjunt, té problemes econòmics. La forma d’entendre i de conceptualitzar la realitat no és la mateixa. De fet, més que una “solució”, sembla una manera de complicar la forma d’entendre la realitat i, en tot cas, ens permet veure que podem expressar-nos d’una manera o altra segons el que realment vulguem dir. O sigui, si algú està fent un discurs polític (amb intenció emfàtica) dins del moviment estudiantil, dirà “nosaltres els estudiants volem pagar menys taxes”, en cap cas dirà el terme abstracte. Però si un expert està donant dades estadístiques agregades sobre la realitat de l’educació, pot dir “l’estudiantat ha vist incrementades les taxes” (igual com podria dir “els estudiants han vist incrementades les taxes”).
  • També ens podem trobar casos amb diferències més profundes, és a dir, casos en què fer servir el substantiu abstracte i fer servir el plural genèric realment no són el mateix. Per exemple: “Al llarg de tota la història de la humanitat, els homes sempre s’han barallat entre si”. Fem servir “humanitat” i “els homes” de forma diferenciada, malgrat que es podria pensar que en el fons es refereixen al mateix. Fixem-nos que si diguéssim la frase fent servir només el substantiu genèric per evitar el -suposat- sexisme del terme “homes”, la frase resultant no tindria sentit ple ni transmetria el que realment volem dir: “Al llarg de tota la història de la humanitat, la humanitat sempre s’ha barallat amb si mateixa”, igual com no tindria sentit dir-ho a la inversa: “Al llarg de tota la història dels homes, la humanitat sempre s’ha barallat amb si mateixa”. Efectivament, per tant, l’expressió i la funció del llenguatge no té a veure amb el gènere, i pretendre introduir-lo no fa sinó alterar el concepte, les idees. En efecte, “humanitat” és un agregat abstracte, no es refereix a totes i cada una de les persones, sinó a allò que hi ha d’humà en les persones, i per tant ens referim al gènere humà (separat dels animals, per exemple) i la seva evolució: vista la història de la humanitat en el seu conjunt, ens adonem que hi ha moments en els quals els homes (en tant que éssers pràctics i organitzats, no com a gènere humà) poden incórrer en guerres.

afasia

2. Crítica teòrica al llenguatge -suposadament- no sexista:

Voldria dir, abans de tot, que no sóc un expert i coneixedor del tema, llavors el cert és que no conec amb detall les argumentacions que des de la teoria feminista es donen al respecte, sinó que parlo des del coneixement bàsic que en tinc i l’experiència política (en debats, xerrades o tallers, per exemple), per això òbviament se’m poden criticar força coses que aquí dic, però tanmateix intento fer una panoràmica del que es troba i se sent i posar en relleu les incongruències teòriques més greus, sense entrar-hi en profunditat.

Comencem pel que em sembla més senzill. L’ús del “llenguatge no sexista” es defensa des de l’afirmació que la llengua invisibilitza les dones. Jo entenc que, d’entrada i afirmada així tal qual, aquesta sentència no és del tot certa, ja que es diu des de l’òptica que el gènere femení no es pronuncia a l’hora de parlar, d’aquí que la “solució” proposada sigui introduir-lo. Doncs bé, com he comentat ja, això no se sosté si som conscients que sexe i gènere són diferents.

Però no és l’única manera de defensar-ho. Anant un pas més enllà, algunes persones també diuen que, si la llengua invisibilitza les dones, això vol dir que la llengua és masclista. Aquesta afirmació encara és més exagerada i desencertada, crec jo, i ho és per tres motius:

1r) Perquè la llengua no és només una mera eina de comunicació, sinó que és tot un concepte lògic adequat a l’estructura cognitiva (per això parlem de llenguatge), i la lògica ni és ni deixa de ser masclista.

2n) Aquesta afirmació suposa valoritzar moralment la llengua, suposa traslladar aquest concepte políticomoral de les relacions socials a un sistema logicoconceptual amb funció comunicativa. Aquesta funció és el que permet que les persones el percebin -diguem-ho així-, és a dir, s’expressa, té forma; de fet, en tant que sistema logicoconceptual, jo diria que no té cap contingut específic. Aleshores, el concepte moralitzador “masclista” només es pot aplicar sobre la forma i pragmàticament sobre els qui en fan ús, d’aquí que pronunciar aquesta afirmació “forci” els parlants, si no volen ser titllats de masclistes, a canviar la forma com s’expressen. En resum, això suposa, per una banda, moralitzar el discurs, per tant traslladar sobre l’individu un cert control, i, també, una certa estetització, és a dir, canvis simbòlics sense contingut real.

3r) Encara més greu des del punt de vista de la coherència teòrica: si s’afirma que la llengua és masclista, s’entra en contradicció amb una altra afirmació que s’utilitza per justificar el llenguatge no sexista: la llengua en si no és masclista, però expressa les relacions socials existents, que sí que són masclistes.

Cal reconèixer que aquest darrer argument és el punt de partida real teòricament sòlid: afirmar que la llengua és un reflex de les relacions socials que ens envolten, mentre que dir que la llengua és masclista és una afirmació més “vulgar”. Seguim, doncs, la nostra crítica a partir d’aquí:

Hi ha en això un error de raonament: si l’argument del feminisme que defensa aquest suposat llenguatge no sexista és que la llengua en si no és masclista, però que expressa les relacions socials existents, i si donem per vàlid que la llengua invisibilitza les dones, llavors el lògic no seria actuar sobre el reflex, sinó sobre les relacions realment existents. Certament, no es produeix una correspondència entre la mesura suposadament transformadora i la situació en qüestió, per la qual cosa es tracta d’un plantejament acrític i contradictori. Això porta, a més a més, a l’esteticisme que comentava més amunt.

Com se sosté, aleshores, actuar sobre la llengua per canviar les relacions, si argumentativament no és lògic? Doncs perquè es teoritza de fons que si es canvia la llengua, es canvia la societat. Però aquesta afirmació té també uns problemes. En primer lloc, cal recordar que la llengua no és un reflex exacte i absolut de la realitat, sinó un sistema logicocoherent en si mateix, amb els efectes cognitius que això té, per tant intentar canviar la llengua per canviar la societat (suposant que realment es pogués) tindria, diguem-ne, efectes col·laterals. Però, en segon lloc i més important, hi ha un raonament fal·laç: que la llengua es vegi modificada per la realitat (n’és el reflex, per tant se’n veu afectada, perquè agafa la seva forma), no vol dir necessàriament que hi hagi d’haver una relació d’efecte inversa, és a dir, que la realitat es vegi afectada per la llengua si la modifiquem. Per exemple, no per dir “totEs”, és a dir, fer servir el femení com si fos genèric, eliminarem el masclisme o les expressions socials de discriminació envers les dones.

No cal, en realitat, fer grans discussions teòriques al respecte, només cal observar la realitat per saber si això és així. En aquest article, on la filòloga Teresa Tort deixa palesa l’artificiositat del llenguatge no sexista difós pel discurs de reivindicació de gènere, afirma que “La relació directa que alguns profetes i somiadors han volgut establir entre les marques de gènere en la llengua i  el canvi en la visibilitat de les dones en la societat és com insistir a barrejar aigua i oli. En podem fer una doctrina, però la realitat és totalment aliena a aquesta maniobra.” En efecte, a Espanya, segons l’últim informe sobre aquest tema publicat per UGT, la diferència salarial entre homes i dones és de més del 23%. Això és el que ens interessa canviar, i això es fa políticament; aquesta és la realitat efectiva, i no es veu “reflectida” en la llengua, perquè és un altre camp d’acció. Si el que es vol és millorar la visibilitat de les dones, el que cal fer (i igualment no sense crítiques) és introduir quotes de gènere a les llistes electorals, per exemple, o perseguir d’una vegada per totes les empreses (de ben segur, una gran majoria) que paguen menys a les dones respecte dels homes.

Es tracta, doncs, de solucions pràctiques; aquí és on ha de recaure l’esforç polític. La llengua, en mesures com aquestes, no hi té res a veure; introduir el discurs polític a l’interior de la mateixa lògica lingüística és erroni i genera problemes.

Crec haver exposat, fins aquí, els punts principals a criticar. Ara, quan jo he criticat de forma presencial davant de militants del llenguatge no sexista que estan equivocats, se’m repliquen altres argumentacions lligades al concepte de llengua com a reflex de la societat. Vegem-ho:

• Se’m deixa anar i se’m repeteix el discurs polític de la igualtat de gènere i de la situació social de les dones: les dones estan discriminades, no tenen visibilitat i tot això que ja sabem, com si fos una justificació directa i òbvia per feminitzar el llenguatge. Ara bé, es tracta del recurs a la justificació ideològica. Qui diu el contrari, que les dones no estiguin discriminades?? No és això el que critico. El que jo dic, com ja he explicat i com hem vist amb la cita de T. Tort, és que no hi ha relació directa entre una cosa i altra, no hi és de causa i efecte, i no hi és argumentativament: si es vol modificar la llengua, cal utilitzar arguments lingüístics, i no arguments polítics. Si no, el que estem fent és traslladar el camp de conceptualització i crítica política a un altre camp. Hi ha, doncs, un error lògic: que la defensa del llenguatge no sexista (potser independentment de les seves implicacions) és per definició l’aplicació del feminisme, forma part del seu discurs. Això vol dir que pressuposa que qualsevol mesura que aparentment defensi aquest no-sexisme o la igualtat és per si mateixa positiva i expressió pròpia del corrent polític en qüestió. Això, val a dir, no només segueix sent idealisme, sinó que és mer esteticisme, expressió externa i altament retòrica sense implicacions reals, per tant propi d’una esquerra poc crítica.

• Tot sovint també se’m respon, quan dic que no s’ha de modificar artificialment la llengua per postulats polítics, que la llengua evoluciona, per tant com si per definició fos una cosa bona i no tingués sentit criticar que es modifiqui. Si bé és cert que la llengua canvia, no és correcte suposar que, per això, la podem canviar nosaltres a consciència. És més, sovint l’activista -per anomenar-ho d’alguna manera- del desdoblament de gènere o del llenguatge no sexista afirmarà que, com que la llengua canvia, ell mateix la pot canviar. Però això és una fal·làcia moralista: deduir que, com que la llengua evoluciona, ha d’evolucionar (l’hem de fer evolucionar nosaltres), i a més en el sentit en què hom vulgui que evolucioni, com si fos bo. Però que la llengua canviï, evolucioni, és una constatació històrica, res més. Aquí veiem, per tant, que s’introdueix de nou la moralització (i, conseqüentment, individualització), lligada a la retòrica esteticista: es dóna per descomptat que és bo canviar la llengua, i és bo perquè ho justifiquen amb l’argument que les dones han estat discriminades tota la vida (com que ningú no posa això en dubte, es pressuposa automàticament una justificació, malgrat que ja hem vist que no hi ha relació lògica); per tant, qui no vulgui canviar la forma de parlar, és perquè és un carca: “si no fas servir el llenguatge no sexista, no ets un bon feminista”, se sentenciarà.

Crec haver demostrat, doncs, sobretot havent exposat l’enorme ambigüitat i les incongruències en l’aplicació d’aquesta “doctrina”, que l’argument donat per justificar el llenguatge no sexista no és ni molt menys lògic, és a dir, no s’adequa a la realitat del llenguatge; però, en canvi, es tracta d’un intens discurs ideològic que sembla que pretengui forçar la realitat per entrar-hi.

3. Comentaris finals:

Malgrat l’extensa crítica que aquí he exposat, entenc i és socialment lògic que la qüestió de la visibilitat de les dones preocupi. Però ho entenc en tant que no justificat per arguments feministes idealistes de l’estil “si canviem la manera de parlar, canviarem la societat”; ho entenc també si no apliquem de forma mecànica i absoluta suposats criteris no sexistes (que tot sovint, en realitat, impliquen sexualitzar perquè el femení és un gènere marcat); i, finalment, ho entenc si parlem de referents animats que defineixen realitats socials concretes (fins i tot diria, sociològicament definides) que, efectivament, es podrien considerar androcèntriques. És a dir, respecte d’aquest darrer punt, quan parlem d’àmbits socials que els homes han ocupat preponderantment o quan utilitzem termes realment sexualment masculins (per exemple, millor parlar d’AMPA que no d’APA). Així mateix, i de manera inversa (cosa a la qual no acostumem a prestar atenció), quan parlem d’àmbits socials feminitzats: per exemple, quan diem “les senyores de la neteja”; és obvi que són dones en la seva gran majoria qui s’encarrega d’aquest ofici, i per això pragmàticament el referent són dones. Però és una realitat amb una forta càrrega sociològica i pròpia d’un temps històric que mica en mica va canviant, per això quan ens referim a aquesta realitat de forma general, crec clar i evident que hem de deixar de referir-nos-hi a partir del sexe de qui històricament s’ha encarregat de netejar els terres; llavors, hauríem de dir “el personal de neteja”, llevat que, òbviament, de manera discursiva i emfàtica, vulguem focalitzar-nos en les dones que desenvolupen aquesta professió.

En aquest sentit, crec que és important tenir en compte, si som feministes i volem expressament fer palesa la presència femenina en determinats àmbits socials, l’Acord sobre l’ús no sexista de la llengua, promogut per la Generalitat i el Parlament conjuntament amb diverses entitats d’experts. Suggereixo a totes les feministes (sí, ara marco el gènere expressament) que li facin una ullada i parlin conforme el que aquí diuen aquells que hi entenen; no podem pretendre imposar sobre de la lògica lingüística una justificació política conforme la nostra ideologia. Així i tot, veureu que algunes de les coses exposades en aquest document s’agafen amb pinces, perquè els lingüistes ho estudien i hi pensen contínuament. De fet, per ajudar-nos a entendre la qüestió des d’un enfocament lingüístic ampli i adequat, recomano llegir els articles monogràfics d’aquest número de Caplletra, una revista internacional de filologia.

Ara bé, al meu parer seguir aquesta pauta no deixa de ser un compromís polític respecte del que coneixem com a “criteris de visibilització de les dones”, per tant, de nou, no es tractaria de dir que la llengua és masclista. Llavors, adequar-se a aquests criteris és una qüestió d’ús de la llengua i és opcional, i no parlar d’aquesta manera no implica en cap cas més grau de masclisme ni des del punt de vista discursiu, ni des del punt de vista moral respecte del parlant. Entenc, però, que és preferible promoure aquests criteris, ja que amb les paraules podem valoritzar la realitat, d’acord amb el document que us he adjuntat (no estic del tot d’acord que tanmateix calgui parlar d’ús “no sexista”).

sororitat

De manera totalment oposada, el que no entenc ni trobo justificat de cap manera és la inclusió arbitrària i a mansalva del gènere femení quan parlem, així com la substitució del masculí genèric pel femení. Això porta a considerar que una cosa és la visibilització de les dones quan parlem respecte de referents socials concrets, i una altra cosa és estrictament la feminització del llenguatge, que no és sinó, com es dedueix de la crítica exposada, un producte d’una determinada ideologia que identifica en l’estètica la seva realització. Si el que es busca és expressament evitar l’ús del masculí, llavors el parlant que actuï amb aquest criteri està francament adoctrinat.

La pressió d’aquesta ideologia porta a casos extrems com el d’aquesta imatge d’aquí dalt d’un missatge de Podem. Jo sincerament m’ho vaig haver de llegir dues vegades per caure-hi. Pretenent ser els més feministes de tots els feministes, als responsables de comunicació (o de discurs) de Podem, no se’ls ha ocorregut cap altra cosa que ignorar una paraula patrimonial del català i, a més, amb molta història, com és “fraternitat”. I la raó és que “fraternitat” deriva de la paraula ‘germà’ en llatí, cosa que, pel que sembla per als responsables de Podem, és massa masclista. Llavors, han hagut de fer servir una paraula no recollida en el diccionari i que deriva de l’oposat sexual de ‘germà’, que és “sororitat”.

Veiem, doncs, que aquest és un cas demencial de feminització del llenguatge: simplement el que estan fent és anar introduint paraules que tenen alguna referència femenina, com si la semàntica estigués sexualitzada, i d’aquesta manera fan coincidir la forma de la llengua estèticament amb el seu discurs ideològic. Això no té res a veure amb la raó lingüística ni els criteris de visibilització de les dones.  Si se’m permet ser incisiu, fins i tot us diria que la feminització de la llengua no és més que una forma de fabricar una neollengua l’únic que en aquest cas no des dels poders reaccionaris. En definitiva, feminitzar el llenguatge com veiem a partir d’aquest exemple, no és indici de feminisme, ni molt menys.